" Las Viudas "

" Las Viudas "
acuarela sobre papel de arroz de alto gramaje

Rio Nativo, libro de lectura.


Es en este momento, que trancribiré la narracion del libro de Lectura " Rio Nativo " para 6to grado.
Este libro lo escribió mi abuela:
Doña Adelina Mendez Funes de Millán y editado en 1935.
Es un hecho real, que al final de la narracion, hare mi comentario y una demostracion de la realidad de esos momentos.
Deseo con este relato, hacer presente el alma de mi abuela y darle mi cariño y cálidez con el recuerdo.
Porque llevo dentro mio el reconocimiento de la labor y también, la gran enseñanza que dejó en mi ser.



                        MARCELINO

Llovizna. Fría y menuda, helada y cortante, cae la garúa que, día y noche, empapa las calles y los campos. En las galerías, los caños de cinc gotean, monótona y sincopadamente, el agua que corre desde las azoteas de tejas. El cierzo, por ratos arremolina el agua y gime al pasar por las ventanas y los anchos portales.
¡ Días grises, invernales, de la provincia de Buenos Aires!...
Más grises antaño, allá por el 70, cuando los pueblos , aislados entre sí, carecían de pavimento en las calles y de alumbrado público...
En las callejuelas, barrosas, los pocos transeúntes nocturnos chapotean entre el fango. Los escasos faroles a kerosene derraman débil luz, amortiguada aun más por la atmósfera nebulosa.
Y mientras la monocorde y monótona gota del caño de los corredores produce somnolencia; en tanto que alrededor del brasero del cobre, enrojecido bajo la mesa, juegan a la lotería los contertulianos habituales, un lamento, un quejido llega desde la calle.
Interrúmpese la animacion del juego o desvélase quien , en el lecho, burla la inclemencia del tiempo.
Repítese el lamento, largo, lastimero, medroso. Salta del lecho, alguno, condolido, o abre la puerta de calle, resuelto el feliz jugador de lotería.
Alguien sufre; mucho debe ser el dolor, moral o físico que con noche tan frígida obliga a salir; tal vez alguna niña a quien se le muere la madre, o padre o hermano...
¡ Es tan lastimero ese llanto!... ¡ Es tan afligente ese sollozo que llega desde afuera, intermitente, convulso !...
- Misericordia divina...- exclama condolida, al oírlo alguna anciana.
- Desventurado !- dice otra.
- ¿ Por qué olvidará Dios a esas infelices criaturas?
- ¡ Mientras sin preocupaciones disfrutamos de estos ratos de solaz, gimen a nuestra puerta cuántos desgraciados!...¡ Si pudiéramos aliviar la pena de todos! - filosofa una caritativa jovencita...
Chirrían los goznes de puertas y ventanas de la vecindad al abrirse; a la piadosa pregunta, hecha desde distintas casas: "¿ Quién llora en la sombra ?", responde una carcajada, cristalina, carcajada de hombre joven, carcajada cuyos ecos corren , perdiéndose lejanos.
- ¡ Ese es Marcelino Franco!...¡ Qué muchacho !...
- Acabará con una pulmonía o tísico, ese jovencito; con semejante noche gastar estas bromas !...
Por estos barrios, en noches diversas, cuando la lluvia torrencial inundaba, o cuando la helada blanqueaba y endurecía el suelo, Marcelino, ese muchacho loco, repetía la chanza.
Veces hubo que oyó mas de una frase fuerte, dicha por quien no gustaba de diversiones molestas, o por alguien al cual no agradábale abandonar el lecho calentito y confortable...


En la tradicional misa del gallo, llenábase la única iglesia del pueblo, no sólo de las familias más destacadas de la parte urbana. Desde los confines del campo llegaban los patrones de las estancias y también la peonada con sus familias.
Las calles adyacentes a la iglesia y a la plaza abundaban en coches y caballos; estos últimos atados a los postes y a las gruesas cadenas que circundaban plaza e iglesia.
El paisanaje de luega barba negra lucía su mejor chiripá y chaquetilla de lustrina o merino. Al entrar al templo, destocábase el amplio chambergo y pleno de unción se hincaba para escuchar la palabra santa del sacerdote. Las criollas, con amplios vestidos de percal, bien almidonados, tocadas con pañuelos de seda, lucían sus trenzas.
Mujer y marido penetraban juntos al templo. De hinojos, todos, hombres y mujeres, inclinada la cabeza en rezo fervoroso, abstraidos de todo lo que no fuera el altar y el sacrificio oficiado, ofrecían a Marcelino momento oportuno para una diablura.
Hincándose como a rezar, iba de uno a otro sitio, uniedo sigilosamente, con alfileres, polleras y chiripás.
Al rato soltaba dentro del templo hasta una veintena de cuises (1); los animalitos saltaban entre el gentío, produciendo pánico, arrancando gritos.
Ignorantes del origen del tumulto algunas personas intentaban huir, y las polleras y chiripás prendidos motivaban escenas imaginables.
Carcajadas, voces fuertes, gritos en tanto que la enérgica voz del sacerdote se alzaba condenando severamente la irrespetuosidad y Marcelino corría por las solitarias calles, desternillándose de risa...
Una vez en Semana Santa.
El ama de llaves del señor cura, doña Antonia tenía en la iglesia, cerca del altar del Nazareno, una mecedora con asiento esterillado.
Marcelino cortó cuidadosamente, con un cortapluma, el asiento, todo el contorno.
Después de rezar el rosario, doña Antonia fué a arrellenarse en su sillon. ¡ Paff !... Húndese el asiento y en furibundo pataleo , las piernas en alto, el amalde llaves hacía esfuerzos para incorporarse.
- Jesús me valga- gritaba.- ¡ Que infamia !...Este no puede ser otro que Franco...¡ Maldito sea, maldito sea !...
Apaciguada por las amigas, la mujer siguió el interrumpido rezo. De tiempo en tiempo, una risita mozalbete se oía allá, al fondo de la nace, risita sofocada pero que doma Antonia percibía volviendo presto la cabeza, escudriñando con iracundos ojos...
Un mes y otro mes pasó.
Al cumplirse los dos meses de aquel suceso, una tarde llamaron perentoriamente al señor cura. Marcelino Franco, aquel nefasto Marcelino de la tranquila aldehuela, se moría y quería obtener el perdón para sus diabluras.
Diez y ocho años, alma alegre y sana, había tomado la vida por rumbo distinto a los demás compañeros y contrario a las severidades de la época. Y ahora pedía perdón para esa pobre alma, extraviada en aquel mundo envejecido antes de tiempo.
Doña Antonia abrió tamaños ojos: el estupor la enmudeció.
Repuesta de la sorpresa imploró:
- ¿ Se muere Marcelino?... Señor cura, déjeme ir a rezarle un rosario.¡ Pobrecito ! ¡ yo le maldije ! ¡ Debo alcanzarle con vida, antes que el alma se escape, para que no vaya a penar en el infierno!...
¡ Dios me perdone a mí también...!
Y cuentan las crónicas familiares que la buena mujer ayudó a Franco a bien morir: cerróle los ojos y lloro inconsolable; durante la noche rezo al lado del cadáver; ella lo veló. Al otro día , en la iglesia no se separó de su lado; rosario tras rosario, rogó por el alma del loco Marcelino. Y echóle mil bendiciones, entre fuertes sollozos, cuando el cortejo fúnebre abandonó el templo y tomó calle arriba, camino del campo santo.
                              
                             FIN

1) cuises: roedores que abundan en el campo. No tienen cola.
He colocado el certificado de defunción de Marcelino. En la lectura, su apellido es Franco. 
En realidad, es Marcelino Funes.
No tenia 18 años cuando falleció. Quizás las travesuras las realizó cuando tenia esa edad. 
Cuando falleció de Tuberculosis pulmonar , tenia  25 años.
Se puede observar que no recibió los santos sacramentos o extremaución. 
Se puede deducir, o llegó el cura cuando estaba muerto o...no se lo dieron como castigo.
Fuimos al cementerio, buscando su tumba y no la hallamos. Hicimos todo lo posible, en esos tiempos se cambiaban las tumbas de lugar.
Buscamos en los libros del cementerio, pero no lo encontré
Es real, porque mi abuela nos contaba de ese personaje que era su tio abuelo.
Tengo tambien su partida de nacimiento.
Dejo aquí , en este momento dos fotografias de lo que quedo del fuerte, donde se detenía al malón de tribus indígenas y  a caballo los corrian para proteger la poblacion de Ranchos.


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