" Las Viudas "

" Las Viudas "
acuarela sobre papel de arroz de alto gramaje

25 de Mayo en la Provincia de Salta.

La Cucaña.
Episodio de una fiesta cívica en Salta.
La alegría popular no tiene límites al anuncio de las cucañas, rompecabezas, a la mañana, y fuegos artificiales por la noche. Todos los edificios del rededor de la plaza son iluminados. En las recovas se colocan asientos en forma de anfiteatro. Grueso público pasea por la plaza o se instala en los lugares propicios: ramas de arboles, cornisas, ventanas y columnas. No quieren perder ni un detalle de aquella fiesta, que es para ellos un regalo del cielo.
Nada saben de patria, ni entienden el significado del 25 de Mayo. Viven prendidos a sus cerros con la misma fuerza que las piedras, y si cambian de lugar es para caer hasta el bajo con la carga de las industrias, o de los santos... Cuando les toca coincidir con las fiestas los sorprende una felicidad no soñada.
El pequeño Julián, hijo de la viuda del leñador ño Paulo, no hace sino pensar en el día 25. Muchas veces acompañó a su padre, con las piaras, a la ciudad, y descargando leña en el patio de la escuela de la Viña, oyó hablar de Belgrano, San Martín, el gaucho Güemes, y también de las cucañas, fuegos artificiales. Por fin realizaba el deseo de venir, y así poder llevar alivio a su madre y hermanitos.
Tiene apenas 10 años; no recuerda sino miserias; pero su inteligencia despierta y su salud solo pueden darle alegría.
Se levantó antes de amanecer; con el canto de los gallos preparó su burrito y alistó las ojotas, el saco negro con anchas mangas dobladas, y el pantalón emparchado en las rodillas y sentaderas, y aquella camisa de trué con cuello dado vuelta.
Por sombrero lleva, como todos los días, su viejo capacho.
Entró en la ciudad por la calle de la Florida y ya alta la mañana.
- ¡ Eh, Julián, a donde y tan solo y sin alforjas !
- ¡ Julián, bájate y juguemos a las caritas!
-Julián, has traido las livis, vamos a cazar chachapollas( aves silvestres ).
- Julián, ayúdame como el otro día, a varear los gallos para las riñas de esta tarde.
-¡ Eh, dónde has perdido la leña!
Y no sé cuantas cosas más oyó al atravesar la calle para llegar a la plaza.
Todos los muchachos de las ventas de ese barrio le conocían. Su agilidad en los juegos de la ciudad y de campo; su bravura para pelearse con muchachos mayores; su aire infantil y formal le revestían de autoridad.
Cuanto llegó a la plaza, encontró otros muchachos listos para la prueba. Nada dijo: pero sus ojillos tuvieron una sonrisa de lástima al observar cuales eran sus competidores.
Este es un pobre renacuajo, enclenque y harapiento; aquel un gordinflón, puro sebo; ese otro, un rengo inútil, lleno de hiel, consentido u nada más; el de más allá, ese mataquito, con poncho hasta el estómago, que pelea con los gringos por dos centavos: ese...¡ pst !cualquiera le moja la oreja, o le quita el poncho; y el otro, el francesito salchichero, repartidor de morcillas hechas de sangre de cuchis y pilas, y en fin, aquel negrito bozal, dientes de mazamorra, cara de rallador y brazos de mono.... A ése le tenia un tanto de miedo, aunque no lo confesaba.
Pero nada le detendría ese 25 de Mayo. Vino soñando en llevar dinero, y bien seguras se plantaron sus piernas en la plaza. Así de pié, esperó. Los niños de las escuelas desfilaban frente a la pirámide; todos vestían de nuevo y cantaban el himno acompañados por la banda del 5to de Caballería.
El frío era intenso, seco; pequeños copos de nieve, como mariposas, caían lentos. Algunos transeúntes llevaban paraguas; los más, sin nada, con el cuello levantado , el sombrero bien gacho, las manos en los bolsillos o soplándose los dedos rumbeaban para la plaza.
Iban apeñuscándose al derredor de las cucañas que ostentaban los atados de premios mayores.
Julián, colocado en un punto adecuado,midió la distancia, y esperando la señal del comisario municipal, se lanzó como una flecha. Su empuje le abrió camino; cuando llegó al pie de la cucaña ,as alta, se quitó las ojotas, el saco y comenzó a trepar como un gato. Los dedos de manos y pies parecían garfios por su fuerza para sostenerse. El negro se le puso abajo y lo garroneaba. En otras cucañas subían más muchachos; los rompecabezas estaban repletos.
Los que resbalaban tres veces hasta el suelo debían ceder su puesto. Julián se vino una; pero gracias a su entereza, se sostuvo casi sobre la cabeza del negro.
La nevada seguía arreciando. Todo se cubría de una
capa blanca, y los cerros, a la distancia, adquirían vida con los innumerables churquis vestidos de copos, haciendo resaltar los troncos oscuros, como si fuesen una procesión de clérigos en marcha con grandes paraguas.
El negrito izquierdeaba a más y mejor; pero Julián no tenía sino un pensamiento: volver al rancho con todo aquel dinero.Veía asomar los bonos en la punta de la cucaña y nuevo brío empujaba sus músculos al triunfo.
Las escuelas seguían desfilando: ahora cantaban, en un tablado, bajo el Cabildo, un himno al Señor.
Una niñita, vestida de azul y blanco, declamó enfaticamente:
Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres
El blanco y celeste de nuestro pabellón.
Llegaban las gentes rústicas de los cerros, unos en burrito, otros en mulas, en diestros caballos, con las alforjas repletas de quesillos frescos, patai, roscas de orejones, quesitos de cabra, miel de alpamisque o lachiguana ( miel de abeja silvestre); a veces caían los bolivianos, con chiguars( bolsas de cuero con coca u otras cosas) , manzanas de Tilcara, arrugadas, arenosas, con perfume estimulante y aspecto entre amarillo y lacre. Pero nada distraía la atención de los changos serranos. Se hacían apuestas a Julián, y al mataco que subía en otra cucaña. Éste se quitó el ponchito, y su camisa harapienta parecía echar al viento su miseria a cada esfuerzo del dueño: porque escapándose del pantalón, apenas sujeto por un tiento, volaba en tiras dejando al descubierto el lomo curtido. ¡ Cómo había de palanganear, si consiguiendo algún premio, lograba comprarse aquel trajecito que viera en la tienda de Saravia, al lado del tagarete; o se compraria , mejor el petiso que le ofreció don Campos!
¡ Eso de caminar diez cuadras para llevar el cuartillo y dos palos de leña, le tenía harto!
Julián llegaba; inútilmente el negrito, agilitando más y más, brazos y piernas, quiso prenderse de las corvas para hacerle caer; Julián  arremetió diestramente, y en unos cuantos saltos estuvo casi en el término. Se quedó prendido con el brazo izquierdo; con el derecho dió un manotón certero y cogió en manojo. Empuñado, comenzó a bajar no de un golpe, sino despacio , sacudiendo los billetes al tiempo de gritar: ¡ Viva el 25 de Mayo!
- ¡Viva !- coreraron todos.
Cuando pisó firme, se vió rodeado por sus competidores. El negro no estaba.
- ¡ Danos albricias!
- ¡Convidanos con algo !
- Niño, compre orejones, quesitos; mire esta frazada para su mamá.
Nada compró Julián. Con emoción contenida desató el fajo , porque así no cabía en ningún bolsillo.
Llenó los del pantalón, los del saco y aun le quedaron para meter al seno.
¡ Cincuenta bonos de un peso!¡ Cuanto dinero, nuevo, crujiente! ¡ Lo cambiaban por ochenta y sesenta centavos !
- Son muchos, son cincuenta, danos para bolillas!
- Danos para rosquetes.
Y Julián, montado en su pollino, tiró unos cuantos que se abrieron como alas, para flotar un instante revoloteando, y caer en las manos que en alto los esperaban. Confundidos, en montón, se apretaron para recogerlos, o quitárselo al que tomara alguno; pero ya el hijo del leñador habia doblado la esquina de la plaza, siguiendo por la calle Florida, al trotecito de su burro.


Este libro de lectura, lo escribió mi abuela Adelina Mendez Funes de Millán.
La autora del relato es: María C. Bertolozzi de Oyuela.
Nació en Salta y escribió otros libros :
La flecha del Inca y Otros sabores de mi tierra.


25 de Mayo en Salta.






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